jueves, 19 de mayo de 2016

¿“La luz interior sana”? ¿o “La Luz interior que sana”? - Colaboración de Adolfo Aybar

¿“La luz interior sana”?
¿o “La Luz interior que sana”?


Colaboración de Adolfo Aybar

"El cristianismo se hizo presente en el mundo principalmente para aseverar con violencia, que un hombre no tenía que mirar sólo su interior, sino mirar también hacia el exterior, para contemplar con asombro y entusiasmo una compañía divina y un capitán divino".
Ortodoxia, G. K. Chesterton

En la actualidad es muy común que los hombres sigan una espiritualidad que busca sólo su “luz interior”. Una espiritualidad que se manifiesta a partir de religiones inmigrantes de oriente, o quizás, simplemente, a través de un tratamiento psicológico inmanente obsesionado, aunque sea paradójico, por iluminar el interior del hombre desde y sólo a partir del hombre mismo.
Queremos solucionar nuestros problemas y sufrimientos yendo a nuestro “yo interior”, aislándonos del mundo que nos rodea y –lo que es peor y más grave aún– de nuestros semejantes. No es el camino del egoísmo el que va a sanar al hombre actual individualista, a este “hombre–microscopio” que a partir de sí mismo observa detalladamente cada vericueto de su interioridad. Por el contrario, el hombre contemporáneo sanará de sus dolencias saliendo de sí mismo y yendo al encuentro del “otro–alguien”. Es en “el encuentro” en donde el hombre se cura. Necesitamos buscar el bien de nuestro prójimo para sanarnos nosotros mismos.
Veamos, pues, que hemos utilizado el término “prójimo”, el cual nos introduce en un nuevo ámbito: la esfera de la trascendencia. Es la Revelación Cristiana la que introduce esta palabra en nuestro léxico porque es el “prójimo” a quien le debo la “caridad”, es decir, el amor fundado en el Amor. Y así “llegamos” al orden máximo de trascendencia y relación, que es el vínculo del hombre con Dios en la Persona Divina de Jesucristo. Es nuestra relación con Jesucristo la que sanará “de raíz” nuestro dolor, digo más, es Jesucristo el Médico (por excelencia) de nuestra interioridad herida.
Todo esto no significa que no debamos mirar nuestro interior e iluminarlo, pero debemos mirarlo en función de amar y brindarnos mejor a nuestro prójimo. Sobre todo, debemos entrar a nuestro mundo interior con la Luz de Cristo, y no con la mera luz de nuestra razón humana.


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