viernes, 10 de febrero de 2017

¿Somos libres ante los medios? - Por Adolfo Aybar

¿SoMOS LIBRES ANTE LOS Medios?
Análisis antropológico frente al consumo
de los medios de comunicación


Por Adolfo Aybar

      Meditemos hoy acerca de los medios de comunicación. En esta oportunidad, haremos referencia tanto a la utilización de diversos instrumentos de comunicación (televisión, computadora, internet) como al trato con distintos programas periodísticos. Es la intención de este artículo analizar de manera simple y sencilla en qué medida estas herramientas nos perjudican cuando no cumplen su finalidad de mostrarnos la realidad que nos circunda de manera honesta y transparente.
En general, los mencionados instrumentos y su uso no nos son indiferentes a la hora de ejercer nuestra libertad con plenitud, al momento de formarnos y forjar nuestra personalidad.
En primer lugar, los medios nos roban tiempo valiosísimo que podríamos invertir en nuestro crecimiento y formación personal a través de la muy preciada lectura o la meditación profunda que nos lleva al recogimiento y conocimiento de nosotros mismos. Los medios extravían nuestra interioridad, quitándonos –o al menos disminuyendo– aquella cualidad tan apreciada por el hombre contemporáneo, y que, por otro lado, este mismo hombre comprende erróneamente: la libertad. Porque lo cierto es que sólo podremos actuar libremente si nos conocemos a nosotros mismos.
Además, los medios nos masifican. Creemos que al adquirir algún bien publicitado en una propaganda somos libres, por ejemplo, si lo elegimos y lo compramos, y más aún si podemos obtener lo que “todos” también consiguen. En realidad, esto es falso, y constituye un signo de cierta esclavitud característica de nuestra época. Hemos sido esclavizados por la moda. El hombre libre elije de acuerdo a sus intereses, gustos, motivaciones, aún cuando esto signifique ir contracorriente. Actitud ésta que no implica necesariamente la rebelión contra “lo que todos hacen” y por ningún motivo: en efecto, el rebelde porque-sí tampoco es auténticamente libre. La libertad implica una decisión y una elección provenientes de la interioridad del ser humano. El hombre libre puede elegir algo diferente que las masas porque lo que elige lo plenifica, porque lo que elige es en sí mismo bueno, porque lo elige por sí mismo y no para ir en contra de alguien.
Aclaremos brevemente qué es la libertad. Para ello tomemos el concepto del Dr. Emilio Komar, quien lo toma del pensamiento clásico. Existen tres grados de libertad. El primero, consiste en la independencia externa. Un ejemplo de ésta podría ser cuando un joven le pide la llave a su padre para poder regresar a su casa en el horario que éste quiera. El segundo grado implica la autodeterminación, por ejemplo, la elección de una profesión. El último grado de la libertad consiste en la libertad interior, en la que realizamos las elecciones más profundas de la vida, por medio de las cuales nos identificamos más perfectamente a nosotros mismos. Por esta libertad nos realizamos y desarrollamos plenamente nuestra naturaleza.
Tercero. Al tratar con los medios, es evidente que nosotros –como espectadores– estamos ante una selección o recorte de la totalidad de lo que pasa. Por eso, en ocasiones, lo que los medios nos presentan pasa por “la totalidad” de la realidad o por lo menos lo más importante de ella. La familiaridad con estos medios nos hacen pensar sola o principalmente en lo que nos muestran; el efecto –previsto y, quizás, buscado– es que no veamos otra cosa fuera de lo que ellos muestran. Más allá de sus intenciones, ciertamente lo que nos “muestran” se implanta en nosotros con gran fuerza: casi como si fuera la única opción a tener en cuenta de la realidad. Hablando con propiedad, estamos ante un reduccionismo mediático donde –en muchas oportunidades– todo queda restringido a intereses económicos. Es decir, “se muestra” porque “vende”, pero de ninguna manera porque responda a ninguno de los principios presentados en este escrito. Sin embargo, el que mira se convence de que lo que mira es la realidad; entonces, por ejemplo, si en muchos programas televisivos “nos dicen” que el matrimonio “ya fue”, o que todos los matrimonios culminan en un divorcio, el televidente acaba pensando de acuerdo a lo que escucha, convenciéndose de que su matrimonio necesariamente terminará en un divorcio, por lo que en su mente la idea de alcanzarlo queda seriamente erosionada. Este es sólo un ejemplo –entre muchos que podríamos citar– para mostrar cómo los medios nos roban aquello por lo que tanto nuestra sociedad lucha o dice luchar: su libertad.
Además, los medios nos alejan de nuestra realidad y de nuestro prójimo. Lo más real para cada uno de nosotros son nuestras circunstancias y nuestro prójimo más próximo (valga la redundancia), es decir, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros compañeros de estudio, etc. Pero lo medios nos alienan alejándonos de “lo nuestro”, de “nuestro mundo”, para que nos preocupemos pero no nos ocupemos de aquello que no tocamos. Así, poco a poco, se nos enfríe el alma. Y de esta manera nos escandalizan, por ejemplo, las inundaciones en otras provincias y la ineficiencia de nuestros gobernantes, responsables de dar una solución a aquellos desastres, pero nos olvidamos de “la poción de mundo” en la que nosotros podemos y debemos obrar.
Por último, los medios despiertan en nosotros tentaciones varias que podrían evitarse tan sólo con la eliminación de su uso. Nos sugieren la posesión desmedida de bienes, propician una atmósfera que facilita el consumismo, el individualismo, y pecados tales como la lujuria, la envidia, etc. Son tentaciones que naturalmente todo ser humano padece pero que los medios incrementan de manera desenfrenada.
Si hacemos uso de los instrumentos actuales para la comunicación, es deseable que sean realmente útiles para alcanzar su fin, y no que sirvan para destruirnos a nosotros mismos como personas humanas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario